El otoño ha sido seco, pero las quemas tradicionales en las huertas han comenzado desde hace semanas, como todos los años. Hay dos cosas que me ponen enferma: ver labrar un terreno seco y las inevitables quemas de rastrojos o de restos de cultivo.

Por esta zona alcarreña, la mayoría de los incendios veraniegos se originan por chispazos de maquinaria agrícola. Aunque se quemen campos cultivados de cereal, no tiene mayor importancia para los agricultores, porque estas quemas eran habituales, antes de que los herbicidas “quemaran químicamente” las tierras.

El otoño se anuncia en muchos pueblos por las humaredas diarias que montan los hortelanos quemando los restos de las cosechas veraniegas. Vale que haya humo procedente de las chimeneas, pero…¡quemar biomasa, materia orgánica que es “oro molido”! No se abona ya con estiércol, porque es mucho más cómodo utilizar los abonos granulados de síntesis, pero es que se ha olvidado del todo el valor de la materia orgánica para un suelo agrícola. El español, como suele, muestra con esta práctica su odio hacia todo lo verde.

Este otoño las quemas han sido muy abundantes y los retenes anti-incendios han tenido que intervenir en varias ocasiones. Parece mentira que la gente no se plantee la necesidad de ir terminando con estas quemas. Previne a un vecino de que el fuego que estaba prendiendo se le podía extender afectando a unos granados cercanos y me contestó: “NO TE PREOCUPES, SON MÍOS”. La maté porque era mía.

Uno de los incendios “limpiadores de cunetas” se fue de las manos de los incendiarios ( creo que hay algo de estímulo sexual para muchos hombres en prender fuego, manejar un motocultor y llevar una moto entre las piernas) y casi invade mi poyata inferior, en la que las higueras se vieron afectadas.

Comentando los daños causados con los vecinos, me dicen: “¡Qué se arreglen ellos!” Pero, ¿qué tiene que pasar, qué sequía debe haber, qué situación de escasez, para que entren algunos Burros en razón de cómo funciona la tierra, la vida en suma.

Intento ser muy prudente en mis opiniones cuando hablo con mis vecinos, pero hace tiempo que estoy muy harta y me voy quitando la careta. Es muy fácil decir lo que uno piensa en el tontódromo de bombos mutuos del feisbuk, pero muy jodido hacerlo en territorio comanche. Hace unos meses, como os digo, que no me corto un pelo: digo lo que pienso como si estuviera en una reunión de permacultores. Ya está bien, hay que dar el callo. El tema este de la quema me ratifica en este propósito.

He comenzado una serie de comentarios sobre el tema de las quemas y he propuesto la compra de una trituradora entre varios hortelanos próximos. Lo han escuchado como si hablara de OVNIS.

Se puede triturar también con una desbrozadora de cuchilla, pero no la madera. Este es uno de mis montones de madera y otros restos, este año:

Procuro facilitar alojamiento y alimento en diferentes hábitats para insectos y otros animales. Tengo una charca pequeña pero muy molona, llena de vegetación.  Dejo la cubierta herbácea espontánea en todos los lugares posibles, sin segarla nunca si no estorba; así permito el desarrollo completo de los ciclos vegetativos. Cultivo plantas con el objeto de que sirvan de alimento y refugio a insectos predadores, como umbelíferas, compuestas y crucíferas. Dejo espinos, frambuesos y otros frutales sin cosechar, para que se alimenten los pájaros. Mantengo troncos que se pudren en montones, como refugio para insectos y roedores.

Por un lado es cómodo y divertido quitarse la careta: ¡Qué digieran como puedan!

Tweet about this on Twitter0Share on Facebook66Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someonePrint this page