Lo primero que hay que interiorizar es que el agua en un suelo fértil y vivo funciona de modo diferente al agua que aportamos a un suelo labrado (desertizado artificialmente).

El cultivo permanente cultiva suelo vivo y esto implica propiciar las condiciones para la salud de ese suelo en simbiosis con las comunidades vegetales que se nutren de él y que, juntos, forman una maquinaria estable y, según escalas, autosuficiente. Si favorecemos las condiciones, los procesos naturales funcionan solos. Basta no cagarla demasiado.

Cuando labramos no sólo favorecemos la erosión del suelo fértil, compactando en profundidad, sino que aceleramos los procesos microbiológicos de mineralización del humus e impedimos que el agua escasa de lluvia permanezca, se infiltre y se asocie con el humus.

El manejo del riego puede aportar la humedad necesaria para la formación y mantenimiento de nuestro humus estable y puede estropear ese proceso o no ayudar. La forma ideal de aportar humedad es aquella que más se parezca a una lluvia suave o en láminas por gravedad. Además es necesario recoger y retener el agua de lluvia con un modelado previo del terreno. En estos climas secos no podemos prescindir del modelado previo, que además, recoge el mulching.

El riego por gravedad convencional, por inundación y posterior secado, deshace la estructura superficial de los suelos. Sólo funciona cuando el agua escurre en finas láminas y luego hay sombreo, del cultivo o de cubiertas de árboles cercanos. En vergeles como los palmerales con cultivos interiores, el suelo se remueve, pero la eficiencia del sistema es muy alta: cada elemento cumple su función en el ahorro de agua. Las palmeras se riegan desde las acequias y reciben riegos en profundidad espaciados.

http://permacultivo.es/2014/03/22/el-agua-en-cultivo-permanente-seco/

 

 

 

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