En el prólogo de Marco Steiner al libro de aventuras de Corto Maltés “La laguna de los misterios”  leo lo siguiente:

Estanislao Priemsky, un insignificante agrónomo de Varsovia, llegó a la Amazonia en los años 60, y para él comenzó entonces la clásica historia de sed de plata y de conquista. Había tratado de hacer fortuna con la piel de cocodrilo, con los cocos, con extrañas bayas afrodisíacas y con peces que devoraban los huevos de los mosquitos. Un día decidió dejar los negocios y perseguir un sueño: quería grabar los sonidos de la selva.

Eso fue lo que trató de hacer durante veinte años en el pantanal amazónico, una de las regiones más inhóspitas del mundo, inundada durante seis meses al año por las aguas de los ríos que la cruzan, infestada por los mosquitos, las serpientes acuáticas y los caimanes. El profesor polaco, pertrechado de micrófonos y amplificadores de sonido cada vez más grandes, quería cablear los árboles y las aguas, narrar la poesía de aquellos sonidos. Murió en 1983, en la leprosería de Campo Grande, lejos del cementerio de los conquistadores, pero entre las filas delicadas y a veces incomprensibles de los poetas.

“Las lombrices hacen respirar la tierra al igual que los poetas hacen respirar las palabras” (Estanislao Priemsky, Les voix du pantanal).

Lombriz roja de California