Las  normativas para el uso de plaguicidas son cada vez más exigentes en la capacitación exigible a los manipuladores y aplicadores, registro de establecimientos, obligación de llevar libros de registro de la venta de estos productos peligrosos, obligación de los agricultores que los utilicen, de tomar nota de los datos de uso en su explotación, inspecciones de equipos, etc. Es de desear que todos estos requisitos se cumplan y que las inspecciones y las multas correspondientes vayan corrigiendo la situación. Durante muchos años la aplicación de plaguicidas en el campo ha sido bastante un cachondeo. No existía conciencia de estar manejando productos tóxicos.

Hoy hay agricultores muy profesionales, claro, pero todos hemos visto bolsas y envases de productos peligrosos abandonados en el campo, cerca de cursos de agua, cisternas de herbicidas vaciando los restos en cunetas, personas limpiando cubas desde dentro, etc.

A pequeña escala y entre los agricultores y hortelanos aficionados la situación, creo, que es mucho más grave. Estas personas que, curiosamente, se dedican a otra cosa, no tienen ningún complejo a la hora de aplicar productos nocivos en sus jardines y huertas sin leerse la etiqueta. Ya he contado algunas anécdotas en la categoría llamada: “El zulo del hortelano”. Fascinante lo que se puede llegar a encontrar en ese zulo y la alegría con la que utilizan estos venenos. Un producto es tanto más bueno, cuanto más rápido mate y los efectos duren más tiempo.

Una vez, en un comercio del ramo, una señora pidió al dependiente un insecticida para el césped “que lo mate todo, porque ahí juegan mis nietos“. No pude resistir la tentación de decir que, con un poco de mala suerte, también mataría a sus nietos.

Tengo en mi huerto una pequeña zona colindante con un vecino que no es ecológico. Casi no utiliza ningún producto, por razones más bien de economía que de convencimiento, pero las coles y repollos son un desafío difícil de resistir. Aquí veis, esta semana, el caminillo que me separa de su terreno:

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Al lado de mi invernadero hay un espacio que era camino y zona de pisoteo y que estoy regenerando por el sistema ya conocido de dejar de pisar, cosechar agua y plantar a mansalva, dejando las hierbas espontáneas.

Este bendito espacio ha sido este verano tan generoso que me ha permitido cosechar abundantes calabacines y acoge ahora unas plantas que creo que son de brócoli o de repollo, autosemilladas, así como caléndulas.P1040124

¿Y qué pintan esas feas bolsas colgadas de los postes? Pues he ideado este procedimiento para ver si los esforzados y bienintencionados aplicadores de biocidas que pasen por el caminillo  recuerdan a tiempo que mi terreno está libre de venenos (y no es suyo, además). Resulta que mi vecino, agobiado por la presencia inevitable de las orugas de la col, pidió auxilio a otro hortelano y a su mochila de insecticida. El amable señor apareció por el huerto cuando yo no estaba y, mochila en ristre, fumigó todas las orugas de las coles de mi vecino sin piedad. Como le sobró el culo de la mochila, me regaló la propina de aplicarlo en mis pobres coles que están al borde del camino (las tapa el plástico negro).

En fín, paciencia.