Un amigo mío, agricultor ecológico y experimentador durante años, compró para su explotación una máquina japonesa para remover y “revitalizar” el agua de riego de sus fresales. Se ha comprobado que el agua que proviene de acequias al aire libre es mucho mejor que la enclaustrada en tubos y cañerías. Al preguntarle por los resultados, no obtuve otra palabra que “pasto”: “Impresionante, se nota muchísimo, aparecen montones de pasto”.

Pasto: o sea, mejoro las condiciones de mi agroecosistema y, lógicamente, consigo una explosión de pasto. Esto ocurre con el agua, pero también con los abonados. Este rebote hace que sea necesario buscar técnicas de localizar los abonos en el momento de la plantación. Pero estos malabarismos no son el motivo del post, sino la invasión de pasto que tengo en mi huerto y que se ve en todo el campo, tras la primavera tan lluviosa.

Esta foto es de mi estupenda pradera de alcachofas y frutales:

Los pistacheros crecen muy lentamente pero están preciosos.

Los pistacheros crecen muy lentamente pero están preciosos. Los frutales este año van muy bien, sin pulgones de momento.

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Me resisto a segar porque pienso que todas estas hierbas de la pradera de frutales y de los márgenes son beneficiosas.

 

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Vista longitudinal de la charca. El agua ni se ve. La charca alberga berros, juncos y otras plantas riparias espontáneas que han llegado solas. También hay sapos que espero que coman babosas. Hay varios posts explicando más o menos la instalación de esta simple charca hecha con un plástico y sin impermeabilizar por completo: cada vez más biodiversidad.

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En la cabecera vive este precioso rosal antiguo cuyo nombre he olvidado. Lo cortés no quita lo valiente. Olor a jugosos melocotones. (No, no es comestible; que os lo queréis comer todo. Infusiones y mermeladas de los escaramujos, si acaso.)

Total que lo inevitable ha pasado: mi vieja alergia al polen, ninguneada durante años, ha podido esta primavera y me ha pillado desprevenida. Llevo diez días hecha una mierda hasta que no he tenido más remedio que suspender mi récord de ignorar médicos y fármacos: me han recetado tres (¡¡!!) antihistamínicos y me he tomado uno. La experiencia a nivel mental es asquerosa, no digo más. En mi ayuda vino mi vecino Blas, que sabe mucho de farmacopea botánica, aconseja y, dicen, obtiene buenos resultados.

-“No tomes medicinas, que no sirven para nada. Para la garganta las infusiones de tomillo, pero para la alergia el hisopo, los palos de menta y de orégano. Los cueces diez minutos y lo dejas reposar otros diez. Tómalo después de las comidas, y ya verás.”

Lo malo es que tras dos días de infusiones y dos pastillas sigo parecido y no voy a saber a quién apuntar los buenos o malos resultados. ¿Soy dependiente de los fármacos antialérgicos? ¿Me veré haciendo cola y moqueando frente a las desabastecidas farmacias en una posible situación postpetrolera?