Cualquier abonado orgánico incluye materia orgánica (más o menos digerida) y microorganismos que se alimentan de ella.

Por ejemplo, en el simple estiércol se mezclan materiales vegetales de las heces y de la cama de los animales y microorganismos vivos (levaduras, hongos, protozoos y bacterias) responsables de digerir, metabolizar y poner a disposición los nutrientes. Añadiendo estiércol al suelo aportamos materia orgánica que contiene los nutrientes y microorganismos, que son los que van a “traducir” esos nutrientes al suelo y a la rizosfera para hacerlos asimilables. Como estos procesos pasan por la formación de humus y eso lleva un tiempo, es lógico que estas aportaciones se hayan realizado tradicionalmente en otoño para dar tiempo antes de las siembras.

El compost es un abono orgánico preparado con restos crudos vegetales, basuras de cocina, restos de cultivos, restos de siegas y podas, etc. La microbiología está incorporada de modo natural en estos restos, en la superficie de frutos, maderas tiernas, en el aire y las hojas. Es importante calibrar las proporciones de modo que las poblaciones  de microorganismos existentes inicialmente encuentren para su desarrollo bastantes azúcares (frutas, maderas trituradas) nitrógeno (hierbas verdes), agua, carbono (maderas trituradas, cascarillas y pajas) y aire. Podemos prepararlo así, simplemente, o podremos ayudar a las fermentaciones aireando y añadiendo inóculos microbiológicos: yogures, gallinaza, frutas prefermentadas, restos prefermentados de pescados.

Los abonos tipo bocashi dan un paso más: ajustamos mucho los microorganismos que se utilizan como inóculo, así como los materiales que añadimos para su alimentación y crecimiento, para acelerar los procesos y para hacer el resultado más asimilable: de seis a doce meses que puede tardar un compost hasta quince a veinte días que puede tardar un bocashi. Además se añaden minerales, cenizas o harinas de roca a la fermentación para favorecer la disponibilidad de nutrientes (predigestión) una vez que se incorporen al suelo y comiencen los procesos de formación del humus. Los ingredientes más comunes son la gallinaza, melaza,  cascarilla de arroz o cereales, pajas trituradas, tierra, cenizas, suero o leche, levadura y harinas de roca.

Cuando se multiplican microorganismos (capturados del suelo fértil o de otros lugares escogidos) por compactación, con melazas o azúcares y con poco aire, luego se activan con agua (fertilización foliar) en bidones de 200 l añadiendo suero láctico o leche.

En los biofertilizantes líquidos a base de estiércol también se añaden 2 a 4 litros de leche o suero en el bidón de 200 l. Si el preparado se hace con suero en lugar de agua la calidad del fertilizante será mejor (según Jairo Restrepo) y damos salida al suero de las queserías que es un subproducto incómodo.

Observamos entonces el papel fundamental que juegan las bacterias lácticas, fermentos lácticos y nutrientes  contenidos en la leche y el suero en estos abonos orgánicos especializados. Estos microorganismos se llaman lácticos o del ácido láctico porque lo producen al desarrollarse sobre un sustrato, pero no quiere decir que sólo se encuentren en la leche. Se encuentran en asociación con plantas y crecen a expensas de los nutrientes liberados tras su muerte, en la piel de las frutas, los encurtidos, ensilados, bebidas fermentadas y en muchos otros lugares, como la flora normal del cuerpo animal, la nasofaringe, el tracto intestinal y la vagina. Pueden crecer en presencia de oxígeno pero no lo necesitan para su respiración y tienen requerimientos nutricionales muy especiales como aminoácidos presentes en la levadura y los hidrolizados vegetales y animales. Como producen ácido láctico son muy tolerantes a medios ácidos lo que los hace muy selectivos.

La leche y el suero constituyen pues, un inóculo microbiológico para nuestros bioles, pero también aportan nutrientes muy valiosos para el desarrollo de esos microorganismos descomponedores de materia orgánica y formadores de humus.

Yo ya he utilizado varias veces tanto la leche como el suero en mis bioles: suero de queso es mejor, o si tengo leche la puedo cuajar previamente con agua del remojo del arroz, o con cuajaleches vegetales. Obtendré unos tres litros de suero que son suficientes para un bidón de 200 l de biopreparado. Utilizar ácidos suaves o cuajo de la farmacia creo que no da los mismos resultados.

Las bacterias y fermentos lácticos se pueden utilizar también solos como refuerzo de las fermentaciones, como fertilizante en momentos de crecimiento vegetativo de las plantas (dilución 1:1000), como alimento y bebida del ganado, al suelo para airear y restablecer desequilibrios fúngicos.

LAB

Esta temporada ya he preparado dos bioles principales: uno con restos del compost invernal y el segundo con estiércol de gallina y oveja.

https://permacultivo.es/2016/02/25/calentando-motores-biofertilizantes-2016/

Segundo biofertilizante de la temporada

Creo que me está dando un resultado excelente, aunque nunca se sabe, ya que he aplicado también dos veces suero láctico diluido con regadera en las hojas. He terminado el segundo biopreparado y tengo que iniciar el tercero. Voy a probar a reactivar los restos del segundo sin añadir estiércol ni compost. Para ello he dejado el fondo del biopreparado anterior con los restos de estiércol y le he añadido un yogurt, 2 kg de azúcar y un chute de bacterias lácticas preparadas de esta forma: remojo de arroz integral (ecológico of course) durante 5 días, batirlo bastante con la batidora para que se rompan los granos, y dejarlo fermentar otros 4 días.

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Obtengo unos tres litros con 200 gramos de papilla de arroz rica en nutrientes y lo echo todo en el bidón de 200 l. espero que en unos 15 días ya esté listo para aplicar foliarmente y al suelo .

Esta forma de obtener suero no necesita leche pero creo que es, incluso, más concentrado en microorganismos que los bioles que se preparan con ella. Los nutrientes los aporta en este caso el grano integral de arroz. La dilución del biopreparado final será de 1/10.

Pues por H o por B, el caso es que este año estoy muy contenta porque, hasta el momento, mis hortalizas de verano están igual de grandes o más que las de mis vecinos y muy sanas. Y es que, al final, el tamaño sí es importante.